Mi primer juicio o cómo aprendí que siempre hay que tener un plan B
Tuve la suerte de aprender la profesión en el despacho más antiguo de Sevilla. Fundado en 1921.
Un despacho de trinchera. De los que se hacen en los juzgados. Día a día.
Entre sus muchas enseñanzas, algunas siguen conmigo:
- No juzgues. Somos abogados, no jueces.
- No te rindas. Siempre se puede un poco más.
- No te conformes. Recurre todo lo que no sea justo.
Allí se aprendía de una forma muy sencilla: con la práctica. Pateando los juzgados.
A las dos semanas de empezar, me mandaron a mi primer juicio.
Un juicio de faltas. Ya no existen. En un juzgado de un pequeño pueblo.
Me recibió el procurador con el que nos habíamos personado en el procedimiento.
Yo ni siquiera estaba colegiado. No me había dado tiempo ni a decidir mi futuro.
Pero allí estaba. Nuestro cliente había sido denunciado. Y necesitaba un abogado.
Un supuesto robo de unas mangueras de riego en una finca.
Me senté en el estrado y, con toda sinceridad, dije que aún no había jurado como abogado.
La jueza fue clara. No podía intervenir.
Mi cliente se quedaba sin defensa. Un desastre.
Pero en ese momento recordé algo.
Miré al procurador, que estaba en sala. Y me atreví:
“Señoría, en tal caso, intervendrá el representante procesal del denunciado.”
No podía negarse. El procurador subió al estrado.
Y yo, a su lado, fui indicándole lo que tenía que decir.
Como el apuntador en una obra de teatro. Dijimos lo que había que decir.
El asunto se ganó. Así que mi primer juicio fue un éxito.
Sin decir una sola palabra. Al menos, no en voz alta.
Y aprendí algo que no viene en los libros. Algo que no se me ha olvidado nunca:
Ten siempre un plan B.
Alfonso Pérez Portero
Abogado de ARACO Abogados y Asesores